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ARTURO ALAPE

“La guerra oculta
el conflicto social”

Por Daniel García-Peña
Especial para UN PASQUÍN

Se nos fue Alape. Sabíamos, co-mo lo sabía él, que se iría pronto, pero ya que se nos ha ido, hace falta. No sólo por el vacío que su ausencia significa para los estudiosos de la historia ni por la impresión que genera a nivel personal no poder volver a disfrutar las largas charlas que sostuvimos. Más bien, lo digo por la falta, cada vez mayor, que le hacen al país personas que, como él, nos ayuden a entenderlo.

Cosa difícil. Lo puedo atestiguar con mi propia hija y con los muchos jóvenes con los que tengo contacto en las universidades, en una Colombia cada vez más urbanizada y globalizada, para los cuales la historia de nuestra guerra interna, aún los hechos más recientes, es algo lejano, distante temporal y geográficamente, incomprensible y desconectado de sus vidas y preocupaciones cotidianas.

Fue esa la gran obsesión de Alape: mostrar que detrás de la maraña y la confusión, a pesar de tanta degradación, narcotráfico y violación a todos los derechos de las personas, esta guerra tiene sus raíces, que si no las reconocemos, menos la podremos resolver. El olvido es el abono de la violencia actual.

Alape fue clave para mi mayor comprensión de nuestro conflicto y la búsqueda de formas de superarlo. Así lo conocí, primero leyéndolo y luego oyéndolo, relatando las historias de esa otra Colombia, como muchas otras Colombias cuyas historias están por contar.

“Murió el biógrafo de Tirofijo”. Así tituló el cable de la AFP. Para algunos, el solo hecho de haber podido acercarse lo suficiente a Marulanda y ganarse la confianza requerida para ser su biógrafa, lo convirtió en sospechoso y en blanco de amenazas que en dos ocasiones le significaron huir del país. Pero pese a haber sido cercano, siempre fue independiente. Nunca fue el “historiador oficial” que se pone en el oficio de moldear la realidad para que cuadre con la ideología, sino que mantuvo su mirada crítica de observador agudo, que le ganó la incomprensión de muchos de las FARC. Recuerdo una conversación con un guerrillero en el Caguán que se quejaba que en el trabajo de Alape, “el viejo” había salido mal parado. Como muchos intelectuales comprometidos, se encontró en el sándwich entre la espada y la pared de la incomprensión.

Pero aunque sí lo afectaba, a todos nos afectan esas cosas, no dejó que lo detuvieran. Volvió, una y otra vez, a tratar los temas recurrentes, que se le volvieron centrales. El más fuerte de todos, el Bogotazo, que lo revisitó en varias ocasiones desde diferentes miradas, terminando por su última obra, “El cadáver insepulto”, en el que incursiona en el género de la novela para poder acercarse aún más al evento cúspide que marcó nuestros tiempos y nuestro país. De hecho en “Tirofijo: los sueños y las montañas” nos cuenta como Marulanda tomó las armas por defender sus ideas gaitanistas.

En los últimos tiempos, se había dedicado a estudiar Ciudad Bolívar, el nuevo escenario de exclusión y violencia, el Marquetalia del conflicto contemporáneo, donde se afianzó su pacifismo. En una entrevista a El Tiempo en agosto pasado lo dijo con mucha claridad: “Hoy no justifico ningún tipo de guerra: ni del gobierno ni de la insurgencia. Al país hay que darle un descanso con un proceso político que construya una paz con características sociales. La guerra oculta el conflicto social”.

Cuando se vuelve a hablar de una posible salida negociada a esta locura sangrienta, entre un gobierno que desconoce la existencia del conflicto y una insurgencia que se alejó del país que dice querer cambiar, Alape nos hará más falta que nunca.

 

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