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No hay derecho

Mientras los colombianos no entiendan las leyes va a ser muy difícil que las cumplan o que las hagan respetar.

Por Diego Laserna*
Especial para UN PASQUÍN

Si alguien entiende la justicia en Colombia, que por favor me explique.

Con los soldados de la guaca condenados a penas entre los 3 y los 10 años, un mensajero condenado a 4 años por cogerle las nalgas a una mujer y con el señor Londoño Hoyos como ilustre columnista de El Tiempo; parecería que la única reacción posible para un ciudadano común y corriente es empezar la interminable retahíla de que en Colombia nada funciona. Sin embargo esa discusión no sirve para mucho más que para amenizar un tinto y apaciguar un humor masoquista.

El tema de fondo es que los que no estudiamos derecho no tenemos ni idea de cómo funcionan en Colombia las leyes, ni por qué arrojan resultados tan incoherentes, pese a que supuestamente son administradas por los que sí estudiaron derecho. Las consecuencias de eso van más allá del chiste del mensajero y las nalgas. Y mientras los colombianos no entiendan las leyes va a ser muy difícil que las cumplan y más difícil aun que las hagan respetar.

El caso de la guaca es un excelente ejemplo de cómo se ve la justicia colombiana desde la calle. De un lado, 144 soldados metidos en el monte, hambrientos y enfermos de paludismo se encuentran una cantidad inimaginable de plata. Muy poco les duró la rumba. Un pobre con plata se nota y es mal visto.

Pocos tuvieron la osadía de condenarlos, la necesidad pesa y la gente lo sabe. Entre las excepciones estuvo el ministro del Interior y de Justicia de la época, quien propuso condenar a los soldados por traición a la patria. Aparentemente para él importaba más el deber, el bienestar del país y la moral que la necesidad.

Sin embargo todo indica que el ministro no había dudado unos años antes en hacerse pasar por un empleado de Invercolsa, una empresa del Estado, para poder comprar acciones de la empresa a un precio reducido y que le han producido desde entonces la bobadita de 4,500 millones de pesos en utilidades. Tampoco tuvo problema en defender, claramente muy bien remunerado, a numerosas multinacionales en conflictos con el Estado.
Quién dijo gusto por la plata.

El resto de la historia ya es conocida:al sol de hoy el ministro aun tiene sus acciones y pleito tras pleito ha logrado salir bien librado. El sí entiende cómo funcionan las leyes y parece poder burlarlas o diseñarlas perfectamente para su beneficio. Mientras tanto los “traidores a la patria” cometieron la indecencia de gastarse la plata en un prostíbulo de Popayán y no en la taberna del Country Club; y ahora están pagando penas entre los 3 y los 10 años de cárcel.

Pero el punto no es que “pobrecitos los soldados; debían haberse quedado con la plata” con la cual podrían haberse construido escuelas, carreteras y hospitales, sino que las leyes de nuestro país son totalmente ajenas al pueblo colombiano y un beneficio exclusivo de unos eruditos que saben manejarlas a su antojo. Mientras esa situación persista el pueblo colombiano jamás respetará la ley como todos quisiéramos y esas leyes, sin duda buenas en los libros, jamás serán aplicadas a cabalidad.

Tanto con el mensajero como con los soldados nuestras leyes pecan de moralistas y sufren de poco prácticas. Si a los soldados se les permitiera conservar un porcentaje de lo que incautan habría un incentivo para que entreguen al Estado lo que encuentran y puedan disfrutar de algo en la legalidad. Sin embargo con las cosas como terminaron la única lección que quedó para el colombiano común y corriente es que la próxima vez, tiene que coger la plata y salir corriendo lo más rápido posible porque la justicia no está a su servicio sino en su contra. Porque en un país donde casi nadie entiende las leyes una cosa sí la tenemos clara: la justicia es para los de ruana.
O si no pregúntenle a Londoño.


*Estudiante de Ciencia política y economía, Universidad de Columbia.

 

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