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SALIENDO DEL CLÓSET
EL LEGADO DE URIBE

Por Natalia Springer*
Especial para UN PASQUÍN

Orgullosamente exhibían algunos furibistas las trágicas cifras según las cuales la opinión pública se decantaría por el eventual cierre del Congreso de la República. Como si aquello se tratara de un as del que podría tirarse en caso de desobediencia, se le contrastaba con cierta malicia, con las cifras contundentes de popularidad del presidente Uribe. ¡Grave error!

Si la gente pierde fe en las instituciones, esto no puede ser interpretado sino como un rotundo y definitivo fracaso del gobierno, aun si la credibilidad en el Presidente se mantiene invariable.

Pero mas allá, lo que preocupa son las consecuencias de este tono autoritario. Me pregunto con estupor: ¿Cuáles son las aspiraciones de todos estos ‘aliados’ del gobierno? ¿Convertir a Uribe en otro Fujimori? ¿Acaso transformarlo en otro dictador populista? Personalmente, me niego a imaginar una coyuntura semejante.

Si el Presidente Uribe regresa a la contienda con la promesa de continuar al frente del gobierno, no solo deberá reforzar todos esos aspectos valiosos de su carácter y de su administración, aspectos que tenemos el deber de reconocerle y aplaudirle. La oposición no puede confundirse con la grosería y el juego sucio.

Pero igualmente es urgente que medite seriamente sobre el curso que están tomando asuntos medulares de su mandato, muchos de ellos ciertamente complicados por la ausencia de una visión de largo plazo y una probable acumulación de decisiones meramente coyunturales. Y sobre todo, que entienda que son estos asuntos los que resumirán su legado.

La Ley de “Justicia y Paz”, es un buen ejemplo. El problema no es que se ofrezcan garantías para los desmovilizados. El amparo a los desmovilizados y a sus familias es una obligación de todos. En este debate la palabra clave es “proporcionalidad”. ¿Qué lógica tiene una ley contra los mas humildes? Una ley en la que los grandes perdedores son las víctimas, y los victimarios son los receptores de la ayuda, los beneficiarios de la solidaridad del Estado y de la complicidad del silencio y la impunidad? ¿Y a cambio de qué? El proceso no ofrece garantías porque desde el principio la incertidumbre ha sido total: el país sigue observando con horror como continúan las masacres y como siguen agravándose algunos índices humanitarios. 

“Es urgente que el Presidente medite seriamente sobre el curso que están tomando asuntos medulares de su mandato, muchos de ellos ciertamente complicados por la ausencia de una visión de largo plazo”.

¿Y la solución de sus furibistas? Acallar a los críticos, con serios efectos sobre la política internacional, hoy fracturada y errática no por la gestión brillante de la Ministra sino porque los signos que se reciben afuera son confusos y negativos. Por ejemplo, han trascendido algunas desavenencias entre el Gobierno y algunos funcionarios y oficinas que hacen parte del sistema de Naciones Unidas en Colombia, incidente que esta, sin pretenderlo, arruinando otros esfuerzos diplomáticos iniciados recientemente.

El trabajo de las Naciones Unidas, aunque no sea complaciente, es el mejor aliado del gobierno. La Organización, a través de sus representantes, trabaja en defensa de los valores de la humanidad y busca la protección de los más vulnerables en situaciones de conflicto. Las observaciones serenas y firmes que se hacen públicas en los informes luego de extensivos periodos de consulta y discusión, SIEMPRE están orientadas por los estándares internacionales a los que el mismo Estado voluntariamente ha adherido, por cuanto identifica en ellos las aspiraciones de la sociedad a la que representa.

En efecto uno de los gestos que mejor ha hablado del Presidente Uribe fue precisamente el haber extendido el mandato de la Oficina de Derechos Humanos por los 4 años de su gobierno, lo que ha sido elogio común y argumento permanente entre sus defensores. Estas desavenencias recientes  han sido recibidas muy negativamente en un momento  critico en el que se plantean serias interrogantes alrededor de la negociación y en el que los socios comienzan a condicionar su ayuda, y ha convencido a los escépticos de la absoluta falta de transparencia de este proceso, arruinando de paso los esfuerzos diplomáticos por aplicar el principio de “responsabilidad compartida” (shared responsability) con la que se buscan alianzas estratégicas en la lucha contra el narcotráfico y la corrupción. Si aqui el problema no son las Naciones Unidas, ni las organizaciones de derechos humanos. La realidad, guste o no, es que ni los Estados Unidos ni Europa avalaran una ley ilegítima que es además inmoral, anti-ética y políticamente incorrecta.

Tenemos aquí un momento trascendental. El Presidente deberá decidir si seguir escuchando los cantos de sus “furibistas” que le piden faena pero que serán los primeros en desaparecer cuando el fracaso sea evidente, o hacer lo justo, lo que es correcto. ¿Cuál será su legado, Presidente?


*Consultora en temas de Justicia Transicional.

 

 


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